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Videos Boleadoras
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Origen
Las boleadoras fueron una enorme fuerza histórica que surcó
el aire de los países americanos. En especial, durante la época
del descubrimiento y la incorporación de éstos a la forma
de vida europea. Potreras o avestruceras, de una, dos o tres bolas de
piedra o de metal, constituyeron una de las más grandes sorpresas
que halló el conquistador.Los primeros hombres blancos que se
enfrentaron con los aborígenes las vieron surgir de entre los
matorrales, como llovidas de los árboles, adelantándose
a la primera línea de indígenas en combate. Parecían
verdaderos meteoros de piedra caliza. Semejantes en esto a las armas
que utilizara el hombre prehistórico, las primeras piedras conocidas
en territorio de América por sus primeros habitantes, no eran
propiamente boleadoras, ya que no jugaba en su manejo el boleo, esa
prestidigitación rápida y certera del combate o de la
caza, sino que eran objetos
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arrojadizos, balas cuya pólvora era la fuerza del brazo del hombre,
que tanto servían para la defensa personal en las batallas, como
para la caza de animales monte adentro.
Quizás fueran, también, prehistóricas. Seguramente
lo fueron en su condición de piedra simple, pura, redondeada
a fuerza de estrellarlas contra otras piedras. Así aparecen en
algunas láminas de Leakey, reconstructivas de la edad primitiva.
También de esa edad fueron las que halló Ameghino en las
capas pampeanas, cerca de aquellas mismas zonas en donde las fueron
a utilizar los aborígenes que primero se toparon con el conquistador.
No fue poca la sorpresa del hombre europeo, acostumbrado como estaba
a otra suerte de combates, con armas e intenciones distintas a las que
empleaba el indio boleador, quien, a diferencia de los artilleros que'
arrojaban piedras desde sus obuses, podía situarse, si ello le
placía, a escasos pasos de su víctima. e incluso otearla
desde la altura de una copa. Ottsen, en su viaje realizado a América
luego de un siglo de su descubrimiento, iba tan prevenido acerca de
las artes del aborigen en el boleo, que sus láminas las describen
con puntual exactitud. Pero las primeras noticias que llegaran a Europa
acerca de esta tremenda fuerza pétrea, las lleva el glorioso
Fernández de Oviedo, quien se refiere a "cierta arma ofensiva
que en aquellas tierras usan los indios, que a mi parecer es cosa de
notar mucho en mis orejas cosa nunca oyda ni leyda . .". Muchos
fueron, luego de él, quienes, en sus cartas de relación
dirigidas a la Metrópoli, entre las novedades más importantes
que habían de contar acerca de los nuevos territorios, figuraba
la de la nueva arma descubierta por ellos. Diego Rodríguez de
Valdés y de la Vanda, que gobernó los territorios del
Río de la Plata, dirigió una carta al rey el 20 de mayo
de 1599, y en ella, al contarle costumbres de los indios, le aclaraba
que "no son gentes de quien se pueda fiar: pelean con arcos, y
con dos bolas de piedra, asidas en una cuerda como dos bracas, y teniendo
la bola en la mano, las tiran con tanta destreza, que a cien pasos enredan
un caballo y un hombre, y en el aire, algunas aves de cuerpo como patos,
y otras Semejantes ...''Todo ello dicho así, en esa prosa ingenua
y severa tan al uso de aquellos siglos, nos alerta, sin embargo, acerca
de ciertas formas de la boleadora. Fray Reginaldo de Lizarraga encontró
que la utilizaban tanto los indígenas del centro como los del
sur de la cuenca del Plata; y el noble adelantado Juan de Garay, que
fundó por segunda vez la ciudad de Buenos Aires, las hubo de
sufrir en carne propia, cuando su caballo fue atacado, y boleado, y
él herido, antes que las flechas de los aborígenes impregnadas
en curare, acabasen con su vida noble y rectilínea.
Construcción de la boleadora
primitiva
De esas primitivas boleadoras, podemos saber con certeza que eran por
lo general tientos de cuero o de tripa de animales, en cuyo extremo
se suspendía una bola de piedra, y raramente dos. Menos aún,
tres, si exceptuarnos el caso de los indios del Perú, quienes
preparaban unos ramales de tres tientos, denominados por ellos ayllos,
en cada uno de los cuales suspendían una pesada carga previamente
trabajada y decorada por sus manos. Es lógico que fuese así,
puesto que antes de utilizar la boleadora de una o dos bolas, atadas
al extremo de un largo cordel, el indio americano al igual que el hombre
primitivo, antiguo y medieval, utilizó la piedra de variadas
formas como arma de defensa y de ataque a sus tolderías. En recuerdo
de ellas, la boleadora de una sola piedra se llamó pérdida:
puesto que aquellas trabajosos obras de artesanía bélica
nunca volvían a las manos de quienes las arrojaban una vez.
La perdida fue la primera boleadora, queda dicho, instrumento de una
sola bola ajustada al extremo de un tiento.
Dicho extremo estaba ocupado por una gran esfera de madera o de piedra
y algunas veces de hueso de animal pampeano. Otras pocas más,
de plomo, aún cuando este material es utilizado ya tiempo después,
entre los gauchos que pueblan las casi desiertas pampas argentinas.
La Perdida, la boleadora Pampa y las Tres Marías
La pérdida, como dijimos antes, fue una simple bola atada a un
nervio. Con la generalización de los combates entre los aborígenes,
estos vieron que mucho más les convenía el trenzar un
nervio largo, resistente, y atar una bola a cada una de sus extremos.
Esa fue la boleadora pampa, arma temible y poderosa, puesto que mientras
enlazaba con sus tentáculos en movimiento a su presa, ya fuese
ésta un animal o un ser humano, lo iba sometiendo a su castigo
y a sus repetidos golpes, que comenzaban por inmovilizarlo y terminaban
matándolo.
Con todo, y a pesar de su poder, un inconveniente notorio ostentaban
las boleadoras pampa, y era que, para manejarlas, había que tomar
el nervio por su medio, agarrando el cuero mismo en la mano, con lo
que se acortaba algo su dimensión y se perdía proporcionalmente
la fuerza que las arrojaba. Para solucionar este problema, el indio
ató al medio de la larga cuerda del nervio, una pequeña
cuerda más, en cuyo extremo campeaba una bola de mucho menor
tamaño que alcanzaba justamente para ser tomada en la palma de
la mano, alzando esta hacia lo alto, mientras las otras dos, grades,
pesadas, amenazantes, muchas veces, giraban sobre la cabeza de su dueño,
cuando éste les imprimía el mismo ritmo que llevaba su
pulso y al arrojarlas parecía fijarlas en el cielo en esa
misma bóveda constelada de estrellas, de las que tomaron su nombre
dulce y poético: las tres marías.
La Potrera y la Avestrucera
Y así una potrera, dedicada al apresamiento del ganado equino,
especialmente cimarrón, tenía por fuerza que ser más
grande y más pesada que una avestrucera, cuya finalidad era la
caza del avestruz americano, comúnmente llamado el ñandú.
Pero no todo hubo de ser solemnes artes de la guerra y oficio
de cacerías, en el manejo de las boleadoras. Fueron también
juguete de los pequeños.
El Boleador
Las tres Marías, dio origen a un tipo especial de gaucho: el
boleador, perito en las artes del boleo. Cabalgaba por las pampas y
por las praderas, y también entras las cuchillas entrerrianas,
llevando atados a su cintura varios pares de estas boleadoras de tres
ramas.
La bravura y el desprecio de la vida de estos gauchos fueron proverbiales,
y en casi todas las gestas de los ejércitos libertadores figuraron
con su adminículo fiel, inseparable, constelando de acciones
heroicas la ruta de la libertad.
Sus acciones, y los episodios en los que intervino la boleadora, quedaron
firmemente grabados en la memoria de la tradición, y en hermosas
páginas literarias, que no excluyeron el canto de los poetas.
Es que las boleadoras, por ser íntimamente americanas, y por
enraizarse en la dinámica misma de la vida del continente, quedaron
prendidas en su cielo, lejanas representantes de las ideas del hombre,
que también son lanzadas hacia arriba en continuo giro. Y en
ese cielo viajaron, con idéntica luminosidad las tres Marías
que sus hermanas inmortales: las estrellas.
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